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José Antonio Kast volvió a hacer promesas que suenan bien en campaña, pero que en la práctica no se sostienen. Esta vez prometió recortar 6.000 millones de dólares del gasto público en solo 18 meses, sin tocar los derechos sociales. El problema es que cuando le preguntaron cómo lo haría exactamente, sus respuestas dejaron más dudas que certezas.
La promesa mágica
En una entrevista en Canal 13, Kast aseguró que puede reducir ese enorme gasto “eliminando la grasa del Estado” y siendo “más eficientes”. Dice que 3.000 millones se pueden cortar por la vía administrativa (es decir, él solo tomando decisiones) y otros 3.000 millones necesitan que el Congreso los apruebe.
Pero aquí viene el primer problema: ¿qué diputado o senador va a votar por recortar gastos que podrían afectar pensiones, salud o educación? Incluso parlamentarios de derecha como los de Evópoli difícilmente aprobarían medidas que los dejen mal parados ante sus votantes.
Las contradicciones de siempre
Cuando la periodista le insistió sobre si esto no era igual de irreal que las promesas que él mismo criticaba en otros candidatos, Kast hizo lo que siempre hace: esquivó la pregunta y se fue contra otros políticos. En vez de explicar su plan, empezó a hablar de Janet Jara y sus supuestas mentiras.
Esta es una táctica clásica de Kast: cuando no puede defender sus propuestas, cambia el tema y ataca a otros. Es como cuando alguien te pregunta cómo vas a pagar algo y tú respondes hablando de lo mal que gasta tu vecino.
Los números que no mienten
Lo más llamativo es que expertos han mostrado datos concretos que contradicen el discurso de Kast sobre el “Estado gordo”:
Chile tiene un Estado pequeño: gasta solo el 27% del PIB, mientras el promedio de países desarrollados es 41%
Chile está entre los 4 países con Estados más eficientes del mundo según la OCDE
La deuda pública chilena es baja: 42% del PIB versus 109% del promedio mundial
Si Chile ya tiene un Estado chico y eficiente, ¿de dónde va a sacar Kast esos 6.000 millones sin afectar servicios?
El ejemplo argentino
Kast admira abiertamente las políticas de Javier Milei en Argentina. Pero basta ver lo que está pasando allá: recortes brutales a pensiones, salud y educación, mientras Milei mendiga préstamos de 20.000 millones de dólares a Estados Unidos para mantener la economía a flote.
La “motosierra” que tanto alaba Kast no eliminó ninguna “grasa”. Simplemente le quitó servicios básicos a la gente común mientras los ricos siguieron igual.
¿Cultura? ¿Qué cultura?
Como si fuera poco, cuando le preguntaron sobre cultura, Kast mostró una ignorancia preocupante. Dijo que iba a las obras de teatro de sus hijos en el colegio y recomendó “los musicales de Vitacura”.
Para alguien que quiere gobernar un país con pueblos originarios, tradiciones centenarias y una riqueza cultural inmensa, reducir todo a espectáculos de barrio alto es, por lo menos, llamativo.
La realidad detrás de las promesas
La verdad es simple: no se puede recortar 6.000 millones de dólares sin tocar derechos sociales. Si Kast reduce empleados públicos que fiscalizan a las empresas, ¿quién va a proteger a los trabajadores de abusos laborales? Si corta personal del SERNAC, ¿quién va a defender a los consumidores?
Menos Estado no significa más eficiencia. Muchas veces significa menos protección para la gente común y más libertad para que las empresas hagan lo que quieran.
El patrón que se repite
Kast usa la misma fórmula de siempre: promesas grandiosas sin explicar cómo las va a cumplir, ataques a otros candidatos cuando lo presionan, y frases hechas sobre “la casta” y “el Estado gordo”.
Es el populismo clásico: decirle a la gente lo que quiere escuchar sin importar si es posible hacerlo. Y cuando le piden detalles, responde: “júzguenme en 18 meses”.
El problema es que en 18 meses, si llegara a ser presidente, ya sería demasiado tarde para arrepentirse.
La política no debería ser un concurso de promesas imposibles. Los ciudadanos merecemos propuestas serias, con números claros y explicaciones honestas sobre cómo se van a implementar.
